7:00 p. m. —hora de Costa Rica. X:00 —hora de cualquier lugar del mundo. Cualquier sala. Cualquier noche. Timbra el teléfono: —¿Hola? Sí, diga. ¿Con quién desea hablar? …Sí, ella habla. ¿Que me extraña? ¿Que se dio cuenta? ¿Que yo era la mujer de su vida? ¿Que sí, que al final era yo? —Mire, creo que se equivocó de número. ¿Los recuerdos? Claro que los guardo, en papeles de colores. Ah no, a mí no me gusta desperdiciar… menos el amor. ¿Que si me he vuelto a enamorar? Siempre. Todos los días. Le prometo que, si encuentro algún recuerdo suyo, se lo haré saber. Es que algunos se mueven con el viento. Pero de entrada, le advierto: no los devuelvo. Y gracias, gracias por considerarme para el puesto de “la mujer de la vida de alguien”. Pero es mucha responsabilidad, ¿sabe? Estoy aprendiendo, con amor y con paciencia, a ser la mujer de mi vida. Cualquier parecido con una historia verdadera… es pura coincidencia.
Era en extremo delgada. Su piel blanca, un negrísimo cabello largo hasta los hombros, llevaba gafas y vestía largas faldas de colores oscuros. Era casi imperceptible. Ligera. De niña, nadie la notó. Igual en la universidad: a pesar de graduarse con honores, muchos la conocieron el día mismo de su graduación. Tímidamente llegó al salón. Tomó una ficha. Había mucho ruido. Las mujeres a su alrededor charlaban animadamente: era una mezcla de carnaval. Algunas llevaban papel aluminio en la cabeza, otras algo verde en el rostro. Varias sumergían sus pies en cómodos recipientes con agua tibia que vibraban y al parecer brindaban placer. Había tubos de colores por doquier, cosméticos, cuanta cosa se pudiera imaginar. Era un mundo desconocido para ella. Y había algo de magia en el ambiente: el ir y venir de mujeres sonriendo, contándose historias de hijos, esposos, amantes, tomando café o té. Al cabo de un rato, se levantó y se dirigió a la puerta. Quería salir de ahí lo más pronto pos...
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